De corduras falaces y deambulares malditos
Me siento al frente del cuadrado versátil, con el cenicero lleno de colillas a mi lado, el tubo de intoxicación en la boca, Mercedes Sosa hablando de Balderrama, una ventana abierta y esa brisa perpetua, ese olor a comida recalentada exquisita ya acabada, y vos, vos al otro lado de una ciudad Infierno tan imperfecta como lo que no me permites.
Me evado sola de este caos interminable, rompiendo mi cabeza con pensamientos demasiado densos y precarios, solicitando lo lícito de una actitud consecuencial de la que nunca se sabe si finalmente se puede o no corregir lo irremediable.
Dónde estás cuando el invierno es azul y la lluvia ténue en días grises con sangre de estudiantes en las calles, dónde te escondes cuando la inocencia es apenas permisible en el insólito transcurrir de las horas. ¿Acaso podrías permitirme la penumbra? Qué crees que ha ocurrido en las desesperaciones de abriles de otrora, qué puedes apenas entender sobre la irreversabilidad de los desastres. ¿Estás acaso escondida en la profundidad de un gladiador perfectamente protegido por una espléndida espada, un magnífico escudo y una excelente armadura?
Cuándo tus ojos podrían apenas permitirme la demencia, cuándo tu voz puede volver a esa melodía de consuelo y aliento sublime. ¿He de permitir acaso tu inconsecuencia? ¿O he yo de acomodarme a mi secreta irreverencia, a mi nítida y escasa sensatez?
¿Podrías tú entender los secretos íntimos y bastardos de un loco que finalmente resulta bastante cuerdo y diplomático?
Si me dejas fumarme el siguiente de mis cigarrillos ¿podría mi garganta volver a desear tus espectros prohibidos de nicotina?
En qué sol de agosto, en qué luna reflejada en el mar puedes acaso vos ayudarme a encontrar de nuevo mi calma, una calma no tuya ni tampoco tan mía, ¿puedo permitirte la demencia que nunca entenderás?
¿Cuántas noches no permitidas podrías fugarte a mi lado en un septiembre fatal, en un octubre mitad hostilidad y mitad tregua?
Tu aliento es ese secreto macabro que me conduce al delirio y a la cordura, la misma pócima que a veces permite los caos más irremediables y a la vez las sensateces más inverosímiles.
Podríamos caminar sin temor en una noche bastarda de gloria fortuita, y finalmente desencadenar una orgía demoniaca en el centro de una ciudad de batallas eternas entre ángeles escasos y obvios demonios.
Puedes acercarte a las 5, o a las 2, o quizá, solo quizá a las 10 y prender una vela secreta por la fé de un ideal que destruya los deseos más notorios de otro ser humano, pero yo… Yo. Yo amor mío puedo seguir deambulando y cavilando en las aceras imperdonables de una ciudad que inyecta ansiedad en cada esquina y zozobra en la intimidad mental de cada uno de sus habitantes, y aún así, nunca, nunca podría finalmente llegar a descifrarte.